“Oremos para que los niños que padecen enfermedades incurables y sus familias reciban la atención médica y el apoyo necesario, sin perder nunca la fuerza y la esperanza”
Hace poco más de treinta y un años, se instalaba en la vida de nuestra familia una realidad que nos acompañaría “de ahora en adelante”. Nacía el último de nuestros cuatro hijos a quien se le declaraba una parálisis cerebral. Patología que no mejoraría, pero que tampoco se agravaría. Una enfermedad incurable en un niño que recién despertaba a la vida.
¿De qué estábamos seguros? De que no moriría de ese padecimiento, de que no conocíamos qué consecuencias implicaría en su vida concreta y de que de ahora en adelante comenzábamos a vivir en terrenos desconocidos que teníamos que aprender a descubrir.
El primer descubrimiento fue que éramos un caso entre tantos otros, muchos vivían una realidad similar. Niños y familias dando el buen combate a estas enfermedades incurables. ¿Para qué? Buena pregunta… Para que la realidad de esa personita que padecía en silencio y sin comprender nada en sus primeros años, fuera la mejor versión de sí misma. Que su máximo potencial surgiera y fuera realidad.
Nos atravesó el dolor y la alegría, la esperanza y la impotencia, el sinsentido y la fe profunda, los deseos de vivir y de morir. Sin embargo, no podemos negar al Señor siempre presente en tanto gesto de amor, de cuidado, de compañía, en nosotros y en tantos que íbamos en la misma caravana: acompañando niños que luego seguirían siendo adultos con enfermedades incurables.
Este mes el Papa León nos invita a rezar con él llevando al Corazón de Jesús a todas las personas que protagonizan estas historias en todo el mundo, para que el Señor sane lo humanamente incurable y lo transforme en fuente de Vida.
Lo incurable puede ser cuidado y acompañado porque en el Amor ningún esfuerzo se pierde, el Señor fecunda donde quiere y como quiere los pequeños gestos de sus hijos. La oración es un gesto de compañía concreta a quienes viven esta realidad de cuidar y sostener a quienes no sanarán de su enfermedad. Los protagonistas de esas historias alimentan la esperanza de lo posible, ayudan hasta donde pueden y no se rinden aún en medio del dolor y la oscuridad, para ayudar a que lo mejor que pueda ser en cada caso, sea.
Orar, cuidar y ayudar con esperanza. En este sentido nos decía Benedicto XVI en la Carta Encíclica Spe Salvi: …se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.
“El ser humano necesita un amor incondicional. Necesita esa certeza que le hace decir: « Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro » (Rm 8,38-39)”.
El Evangelio nos relata momentos de la vida de Jesús en los que pasó sanando historias incurables. El hombre de la mano paralizada (Marcos 3,1-6), el ciego de nacimiento (Juan 9,1-41), los leprosos (Lucas 17,11-19). Allí encontramos al Señor cercano, compasivo y activo frente al dolor.
Este mes unamos nuestra oración a la del Papa León por esta intención de oración: cuidar lo incurable. Y estemos disponibles para acompañar con amor, presencia y gestos sencillos a los protagonistas de estas historias, que suelen estar mucho más cerca nuestro de lo que creemos.
Oremos juntos, la oración cambia nuestro corazón y el mundo.
Bettina Raed
Vicedirectora Internacional
Red Mundial de Oración del Papa
Original español
